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lunes, 16 de noviembre de 2009

Noviembres


Cuando el silencio lo inundo todo, el Maestro no tuvo más remedio que volver a repetir la pregunta… “¿Y yo como me llamo?, ¿Cómo era mi nombre?”.

Yo, niño; maravillado por el mundo que se abría ante mi, por la sutileza del pastel, la inmensidad de una hoja de papel, el talento, el trabajo y el sentimiento comprometido en cada trazo, en cada brillo, en cada luz… en cada palabra; había olvidado el nombre de ese educado hombre que hasta se había agachado para presentarse.

Aterrado por la posibilidad de que esa profunda admiración (viva hasta hoy y convertida en agradecimiento) pudiera confundirse con desinterés, quede inocentemente inmovilizado detrás de unos labios sellados por la vergüenza.

Entonces su voz me salvo, en ese momento y para siempre. “Te voy a decir algo que te va a servir para dos cosas en la vida, para cruzar la calle y para dibujar siempre: No tenés que tener miedo. Mi nombre es Julio y vos me lo podes preguntar todas las veces que quieras”

Esa fue mi primera clase de dibujo.

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